La psicología positiva se centra en la capacidad de las personas para afrontar y resistir situaciones traumáticas sin desarrollar patología psicológica.

Existen estudios longuitudinales que explican que hay niños que han vivido situaciones de adversidad extrema de abandono, negligencia, maltrato, abusos, guerras, etc., y no han desarrollado problemas de salud mental (Becoña, 2006).

Por lo tanto no todos los niños expuestos a violencia y abusos desarrollan secuelas permanentes gracias a la capacidad resiliente entre otras variables (Hughe, Graham-Bermann y Grube, 2001)

El concepto de resiliencia se desarrolla a finales de 1970, a partir de estudios de la psicología evolutiva (Gormezy, 1991; Rutter, 1999; Werner, 1995). El término fue tomado del latín (Kotliareno, Cáceres, Fontecilla, 1997), utilizado en física para hablar de la capacidad de los cuerpos de resistir a una presión deformadora y recobrar su forma original. Según el diccionario etimológico durante la segunda mitad del siglo XX, la palabra resiliencia comenzó a utilizarse en el contexto de las ciencias ecológicas para denominar  “la tendencia de un ecosistema a recuperarse después de haber sido perturbado a través de cambios en las variables ecológicas, por causas naturales (inundaciones, huracanes, sequías, invasiones repentinas de insectos…)

El término fue introducido por un ecólogo y entomólogo forestal estadounidense-canadiense Crawford Stanley Holling (1930) (Holling C.S 1973 Resilience and stability of ecological System. Annual Review of ecology and Systematics.

Luego el término se adaptó en las ciencias sociales (Becoña, 2006) para denominar la capacidad humana a resistir situaciones traumáticas y volver a la estabilidad psicológica.

En el caso de los niños que han sido expuestos a violencia , por tanto, pueden recuperarse debido a su capacidad de resistencia o resiliencia frente a la adversidad (Hughes, Graham-Bermann y Grube, 2001).

Así intervenciones como la nuestra están justificadas, pues uno de nuestros objetivos es crear las condiciones adecuadas en el sistema familiar para el aumento de la capacidad de resiliencia de los niños, a través de la familias.

Mc Closkey y Lichter en el 2003 la definen como un proceso dinámico que abarca la adaptación positiva en un contexto de adversidad extrema. Esta capacidad explica como los niños superan las adversidades, tales como la exposición a violencia de género, abusos, guerras y muestran buena adaptación (Mc Gloin y Widom, 2001). Este es un recurso fundamental para proteger al menor.

La psicología positiva se centra en la capacidad del ser humano para afrontar y resistir situaciones traumáticas sin desarrollar patologías psicológicas.

Existen estudios longuitudinales que muestran que hay niños, que aún, habiendo situaciones de extrema dificultad (abandono, negligencia, maltrato, guerras, etc…) no desrrollan problemas de salud mental (Becoña, 2006). Desde aquí llegamos a la conclusión de que hay niños expuestos a la violencia de género que no llegan a tener señales de esto, debido a su capacidad de resistencia frente a la adversidad, o resiliencia (Hughes, Graham-Bermann y Carube, 2001).

Dicho esto, entendemos que un apego seguro se consigue con una parentalidad resiliente, que permite superar situaciones traumáticas vividas en la infancia, y evitar ecosistemas violentos cuando estos sean padres.

Cabe destacar que la resiliencia es posible gracias a una afortunada combinación de atributos personales, familiares, sociales y culturales, que permiten que determinadas personas desarrollen disposiciones reflexivas para combinar diversos factores, recursos y relaciones con el fin de afrontar y superar problemas, incluyendo las secuelas de un trauma.

La resiliencia se desarrolla, fundamentalmente, a partir de aportes cognitivos, emocionales, morales y relacionales que provienen del contexto más cercano. El buen trato de las madres hacia sus hijos, que han sufrido violencia machista, por ejemplo,   favorece que adquieran capacidades que ayuden a superar situaciones traumáticas desde una postura resiliente.

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Es importante insistir en que esta capacidad de superar situaciones adversas y extremas, en general, y por supuesto la de estas madres, en particular, no se puede entender ni asumir, en ningún caso, como una especie de factor de invulnerabilidad. Más aún este concepto no niega ni banaliza los sufrimientos injustos que las personas han padecido, al contrario, los reconoce y facilita procesos de consciencia para que las afectadas puedan reconocerse y que las reconozcan como víctima.

Algunos autores han propuesto el constructo fortaleza aludiendo al grado de compromiso, desafío, y control percibido (Kobasa, 1979; Kobasa, Maddi y Puncceti, 1982) para inferir de este, que amortigua el trauma (King, Leonard y Mach, 1998) y facilita la adaptación postraumática positiva (Waysman, Shwarz, wald y Solomón, 2001).

Otros autores encontraron que el ambiente de la comunidad en la que vive la víctima también influye en una evolución positiva de esta (Becoña, 2006).

Bandura en 1997 dice que la autoeficacia favorece la adaptación psico-social para aprender estrategias de vida positivas que favorecen la adaptación progresiva a un trauma.

Competencias parentales implica abordar adaptativamente la importante tarea de ser padres en función de las necesidades de sus hijos., sus experiencias vitales y las oportunidades y apoyos generados por los distintos sistemas de influencia que envuelven a la familia.

Resiliencia - Psicólogos Valladolid Ágora PsicólogosLa parentalidad resiliente supone que el adulto considere al menor como un sujeto con necesidades. Tratar de aproximarnos a la realidad del menor y contribuir a su optimización exige, a nuestro entender, conceptualizarlo como un sujeto, como ser único, digno e irrepetible que necesita de apoyos en su proceso de crecimiento como persona. Se me ocurre una familia de refugiados que en el difícil viaje que han iniciado con sus hijos huyendo de la guerra, ejercen su parentalidad resiliente como indicamos para que el trauma sea menor en sus hijos, De esto habla Atochegui  describiendo el síndrome de Ulises.

 

Los modelos de apego inseguro (evitativo o ambivalente) no equivale a que el niño presente problema por las incompetencias parentales que ha vivido, pero crea mayor posibilidad de una disfunción psicológica o social en la vida adulta. Cuando estos niños y niñas llegan a ser padres y madres, sus modelos de apego, transformados ahora en estados mentales adultos, serán las guías en las relaciones con sus hijos e hijas. Esto tiene mucha posibilidad de ocurrir si en su contexto familiar, social, escolar integran recursos reparadores que les proteja de repetir estos modelos erróneos.

Lo anterior es mucho más probable que ocurra con los niños que presentan un apego desorganizado al transformarse en progenitores. Cada vez existen más trabajos de investigación que relacionan este modelo con problemas graves en la vida adulta. Los trastornos disociativos, trastornos de personalidad límite entre otros.

A largo plazo, las consecuencias en los hijos de estos trastornos severos dependerá de la gravedad y cronicidad del abuso, pero sobre todo del tiempo de exposición de los hijos a estos contextos relacionales, profundamente tóxicos para el desarrollo infantil.

Es importante volver a insistir que las experiencias tempranas modelan las estructura y función del cerebro, de modo que las experiencias vitales determinan la expresión de los genes (Kandel, 1998). Esto ayuda a explicar el fenómeno de la trasmisión trangeneracional.

Si describimos los vínculos del apego que establecen los niños víctimas de violencia intrafamiliar activa y pasiva con las personas de su ambiente próximo desde el modelo sistémico entendemos que a los niños también les influyen las personas que trasciende el ámbito de la familia nuclear. Estas personas subsidiarias, abuelos, tíos, primos, (cumpliendo roles parentales), amigos, vecinos, profesores entre otros, son percibidos como personas que contribuyen a la construcción de una imagen de sí mismos más positiva. Les brinda afecto, confianza y se preocupan por ellos.

Esto nos indica que la capacidad para resistir, restituirse, recuperarse, y acceder a una vida satisfactoria y productiva del ser humano es un hecho, por muchas situaciones traumáticas que viva. Esta capacidad definida como resiliencia parece darse por una combinación de factores tanto intrínsecos (autoestima, iniciativa, humor, creatividad, compasión, generosidad).

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